No he hado mi firma a los promotores de la moción de censura contra la junta directiva del F.C. Barcelona, pero respeto su decisión de poner en marcha ese mecanismo. No lo he hecho porque tengo dudas -muchas dudas- acerca de quién está detrás de Oriolt Giralt, ese “salvador de los culés” que cada dos años, más o menos, reclama los quince minutos de gloria que Warhol pensaba que nos merecemos todos.

Me quito el sombrero ante la gran cantidad de adhesiones recogidas por este señor, pero ayer, tras entregarlas en la Oficina d’Atenció al Barcelonista, me dejó bien claro cuál es su talante y me hizo dudar -más todavía- acerca de sus verdaderos propósitos.

¿Cómo? Quitándose la careta y demostrando que su lucha contra el pensamiento único sólo es tal cuando el pensamiento único no es el suyo.

Ahora han aparecido lo que yo llamo ‘palmeros’, son aquellos que temen perder un buen lugar en el palco y los canapés. Están apareciendo en los medios para defender una actitud de club y yo les pregunto si ellos aman al Barça y quieren tener un Barcelona humillado y avergonzado como hasta ahora.

El Sr. Giralt está en todo su derecho a protestar, a organizar la moción de censura y, si me apuran, incluso puede aspirar a formar parte de una futura directiva (¿apuestan algo a que lo vemos algún día -no sé si pronto o tarde- en el palco del Camp Nou con cargo, canapés, entradas y parking?).

Pero descalificar por sistema a quienes expresan sus ideas favorables a la directiva de Joan Laporta es hacer exactamente lo mismo que él denuncia en los directivos: faltar al respeto a muchos socios (que los hay, pese a lo que se diga en los medios) que disienten con el presidente pero que no creen que la moción de censura sea la mejor manera de reconducir la trayectoria del club.

Hay gente de todo tipo que no cree en la moción y entre ellos hay columnistas que lo argumentan en los medios de comunicación, como también los hay que la justifican (e incluso que la piden desde aquel lejano día de 2003 en que Laporta ganó las elecciones, como el ex-traficante de jugadores Minguella). Ambas posturas son lícitas y seremos los socios, ejerciendo nuestro derecho al voto, quienes decidamos si hay que destituir a la junta directiva o no.
No necesitamos salvadores de la patria, visionarios, caudillos o personajes interesados que nos digan “tenéis que hacer esto porque yo creo que es lo mejor para el club”. La masa social del Barça es lo suficientemente madura para saber lo que tiene que hacer sin que nadie, ni Laporta ni el tal Giralt, nos condicione.

Desde aquí os avanzo que yo no votaré a favor de la moción de censura. Pero también digo que si ésta triunfa por voluntad de mis consocios, no dudaré de la legitimidad de su decisión. Faltaría más.