Es lo que toca: jugar como se pueda y ganar como sea. Hacía mucho tiempo que no se sacaba adelante un partido de este tipo, es decir, con mucho toque horizontal, poca movilidad y escasa velocidad. Exactamente igual que en Pamplona o Santander, pero con una diferencia: hoy ha habido mucha más pegada. Tres tiros, tres goles. ¿Os recuerda a algún otro equipo?
El año pasado se escapó la Liga frente a un Real Madrid que jugaba exactamente así y que, a fuerza de encadenar buenos resultados y de contar con el apoyo de su maquinaria mediática, ganó confianza hasta que acabó creyéndoselo. Por estas fechas, poco más o menos, el vestuario del Bernabéu olía a alcohol (Mijatovic dixit), Robinho era un putero, Beckham y Helguera estaban apartados del equipo y la prensa de Madrid repartía palos a diestro y siniestro. Hoy, el vestuario del Camp Nou está lleno de ovejas negras, Ronaldinho es un fiestero gandul, se habla de sentar para siempre a alguno de los hasta ahora indiscutibles titulares y Sport y Mundo Deportivo también reparten palos, tanto al equipo como entre ellos mismos (tal vez sea esa la única diferencia).
A mí me gusta que mi equipo juegue bien (cuando lo hace no hay equipo comparable al Barça) y disfrutar con él dentro y fuera del Camp Nou. Esa ha sido la carta de presentación del club en los últimos veinte años. Y quiero que se mantenga. Sin embargo, me considero capaz aceptar a un equipo que gane partidos con mal juego si esto sirve para recuperar esa confianza que tan fácilmente (y a veces no sin motivo) pierde la afición culé.
Por el momento, el equipo ha ganado en sus dos últimas salidas ligueras, y eso es bastante más de lo que podíamos decir hace un par de meses. Es un pequeño paso y deberíamos hacer caso a Confucio, quien dijo que así, con un pequeño paso, comienza el más largo de todos los caminos. ¿Dónde acabará el del Barça? ¿Juntos podremos?